Colegio Fontán

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Preguntas frecuentes

innovación de la educación
Innovación Educativa del Sistema Fontán

Preguntas frecuentes

En Primaria, bastantico. En Bachillerato, la verdad, no mucho. Y no importa… ¿Pero cómo así que no importa? La siguiente anécdota –totalmente verídica– lo explicará. Hace un tiempo en una reunión de “Póngase el morral” (una actividad que se efectúa dos sábados al año con los padres de familia) surgió entre los papás la misma inquietud: ¿Y qué hay con el trabajo en equipo? El personero estudiantil del Colegio se hallaba presente y les respondió así:

“Hace poco estuvimos en la EIA (Escuela de Ingeniería de Antioquia), en una actividad que se efectúa allí todos los años y a la cual invitan a distintas instituciones de secundaria para darles a conocer su oferta profesional. Allí fuimos más o menos una docena de estudiantes del Colegio y participamos con otros colegios en una serie de competencias relacionadas con las diferentes carreras (por ejemplo, elaborar una estructura resistente fabricada con retazos de balso, en la prueba de ingeniería civil). Para nuestra propia sorpresa, los distintos equipos participantes por nuestro colegio ocuparon prácticamente todos los primeros puestos en las diferentes pruebas. En la del puente, por ejemplo, la pieza de nuestro equipo resistió más de 55 kilos (el segundo puesto anduvo por los 35). Lo que más nos sorprendió a nosotros mismos fue darnos cuenta de por qué “barríamos”: no fueron nuestros conocimientos de física o matemáticas (prácticamente no se necesitaron) sino la manera como trabajamos en equipo. Ninguno de nuestros integrantes dejó de participar activamente y de aportar. La explicación es ésta: un equipo está formado por individuos; si cada uno sabe pensar, el equipo tiene que funcionar”. [Alejandro Pardo, personero 2010]

Es que “pensar” es, en cierto sentido, comunicarse consigo mismo. Y saber comunicarse consigo mismo –es decir, pensar– es obviamente una condición necesaria para comunicarse con los demás, para “pensar en equipo”. Podría creerse que esta condición es necesaria pero no suficiente: que no basta con individualidades, que hace falta alguna otra condición (por ejemplo que haya “simpatía” entre los integrantes del equipo, o algo llamado “liderazgo”, etc.). Pero resulta que las cosas suceden precisamente a la inversa: es la cooperación exitosa la que promueve las amistades constructivas, las simpatías profundas. Trabajar bien con alguien, obtener éxitos inteligentes y limpios con los compañeros es lo que construye amistades verdaderamente profundas, basadas en el respeto y la admiración por los mejores valores de los amigos, reconociendo la singularidad de cada uno: crear cosas estupendas juntos nos hace amigos. Y esta sociabilidad positiva, cooperativa, constructiva, creativa, altruista y efectiva es natural en el ser humano sano y preparado. Lo que el Personero descubrió es que a individuos intelectualmente competentes no hace falta enseñarles a trabajar en equipo. Y que “individualidad” no es lo mismo que “individualismo”, como se ve clarito en los grandes equipos deportivos (formados por grandes individualidades no individualistas). Así que lo que hay que preguntarse no es qué hace funcionar a los equipos, sino más bien qué es lo que no los deja funcionar de manera natural, libre, inteligente y creativa (así como no nos extrañamos de que alguien camine bien sino de que lo haga mal). La respuesta es que los equipos funcionan mal o mediocremente por esto: por individuos individualmente mal entrenados en la propia comunicación consigo mismos, en su propio pensamiento. Pon al individuo en forma y déjalo en libertad de asociarse con otros: lo demás simplemente lo hace la Naturaleza… ¡porque el ser humano es una maravilla!

No. A veces hay iniciativas de estudiantes para que haya uniforme, aduciendo a que es más cómodo, no se gasta la ropa “del diario”, las diferencias sociales se notan menos, etc. Dejamos que estas iniciativas prosperen, siempre y cuando no se obligue a los estudiantes a conseguir el uniforme. “Uniformar” significa “hacer uniforme”, “hacer de la misma forma”. Esto es contradictorio con un sistema que busca respetar la diferencia, la individualidad.

El Colegio solo cierra, en todo el año, 15 días hábiles, entre diciembre y enero. Los estudiantes, junto con sus padres, escogen las vacaciones que quieren –y se merecen– sacar. Como los estudiantes del Colegio Fontán no pierden clases ni se atrasan cuando no asisten al colegio, pueden sacar vacaciones en cualquier época del año, lo que es una ventaja para algunos padres de familia que no tienen vacaciones en las mismas épocas establecidas por las instituciones educativas.

Indicamos aquí brevemente lo que hacemos en el Colegio Fontán en cuanto a socialización, y también lo que nos proponemos hacer.

a) Socialización de aula
Nuestro sistema es flexible, sin calendarios anuales ni grupos de clase colectiva. Por lo tanto, no podríamos formar grupos tipo aula aunque quisiéramos.
Por otra parte -como hemos mostrado en las secciones anteriores- la socialización “tribal” de tipo aula es indeseable para la educación, para la transmisión de nuestra cultura y para la formación de personas que en el futuro puedan enriquecerla con sus aportes. Debemos sustituirla por otras formas de socialización más adecuadas.

b) Grupos de madurez
En nuestro sistema hay una “escala de maduración”. Va desde la inmadurez del niño hasta la madurez del adulto, desde la dependencia hasta la autonomía.
En esta escala hay “niveles”, que llamamos “etapas de libertad”. Todos nuestros alumnos deben pasar sucesivamente por los niveles. En cada uno se demoran el tiempo necesario para demostrar su progreso en maduración y pasar así al nivel siguiente. A lo largo de su avance por la escala, el alumno encuentra cada vez menos supervisión, hasta que en el último nivel ya sólo tiene la que solicita. Al mismo tiempo, encuentra cada vez más libertad personal (por ejemplo, horario libre), más ocasión y necesidad de tomar decisiones y también más responsabilidades (por ejemplo, ganar 12 exámenes al mes, por lo menos).

En nuestros grupos de los Primeros Niveles, los alumnos trabajan todo el tiempo reunidos en un mismo taller. Sin embargo, no constituyen un grupo-aula, por muchas razones:

  • No están todos en el mismo grado escolar
  • Los del mismo grado no están trabajando necesariamente en la misma materia.
  • Si algunos están en la misma materia, no están necesariamente en la misma lección.
  • Han comenzado estudios en distintas fechas, van a un distinto paso personal, y naturalmente van a terminar también en fechas distintas.

En estos grupos, cada alumno trabaja en forma autónoma, orientado por un Tutor (que lo está adiestrando en el difícil arte de planificar su esfuerzo, adquirir y utilizar una metodología eficiente, modificar su conducta estudiantil de acuerdo con los resultados que obtiene, etc.). Cada alumno tiene un lugar de trabajo relativamente separado del de los demás, y cada uno tiene una entrevista individual con el tutor.
Sin embargo, este grupo no es una mera suma de individuos aislados. Hay en él una interacción espontánea, relajada, con base en distintas afinidades. Cada uno está en “lo suyo”, pero es consciente de la presencia de los otros. Hay conversación, hay juego, hay “charlas” (a veces más de lo que le gusta al que está “trabajando a conciencia”). A veces hay colaboración o cooperación: un alumno le pregunta algo a otro, o dos alumnos se ponen a hacer juntos un mismo Tau, en un amable juego de competición-colaboración que nosotros estimulamos.

Este tipo de experiencia social facilita la formación de esos grupos “de amistad” que consideramos idóneos para el trabajo educativo.

Estas son preguntas muy complejas. Por lo tanto, es imposible resumirlas en unas cuantas líneas. Para contestarlas, utilizaremos apartes de un texto que escribió Ventura Fontán:
Antecedentes. El sistema escolar, en todo el mundo, está basado en un concepto de socialización anticuado y simplista. Es un concepto que desconoce la fascinante variedad de la sociabilidad natural, e impone un modelo de agrupación -el aula- que dificulta gravemente el desarrollo intelectual. Por esa razón, agrava aún más la terrible ineficiencia cultural del sistema y su falta de atractivo para el estudiante.
[…]
En consecuencia, la conducta social humana -implicada en el proceso de “socialización” estudiantil- no es algo simplemente adquirido, y, por lo tanto, frágil, superficial. Es una característica profundamente arraigada, muy sólida: un rasgo estrictamente natural, creado por la Naturaleza. No es algo que tengamos que proteger, o estimular, o promover solícitamente. No hace falta promover en el pez el uso del agua. No hace falta promover en los humanos el uso del sexo, o de la comida. (Como decían en el siglo XVIII los precursores de la Revolución Francesa, “Dejad hacer: el mundo, funciona solo”).
Por la misma razón, no es preciso promover la socialización en los estudiantes. Ellos ya son de por sí, de natural, terriblemente sociales. A veces, como veremos, son demasiado sociales -en un sentido primitivo- para convertirse, a través de la educación, en personas realmente civilizadas.
[…]
Por lo tanto, los educadores no debemos pensar en la socialización, como si sólo hubiera una. Debemos abandonar ya el maniqueísmo ingenuo que contrapone “el individuo” a “la sociedad”. Hay muchas clases de socialización, y tenemos que buscar las más adecuadas para civilizar a 5.000 millones de personas. El concepto que hoy predomina entre nosotros es demasiado simplista, y debemos enriquecerlo para educar mejor.
Evidentemente, el grupo humano que ha creado nuestra civilización, que nos ha dado la ciencia y la democracia, la libertad y la tolerancia, no es el gran grupo tribal, sino el pequeño grupo “de amigos”, en el que el individuo puede crear sin trabas, sin imposiciones, sin censura, apoyado e inspirado por sus amigos. En este grupo hay un alto sentido de cooperación, y sin embargo la competencia y la emulación, o incluso la rivalidad, no están excluidas, y contribuyen a su caudal de energía creativa. Este es el grupo decisivo para “hacer cultura”, y es por eso el que tenemos que fomentar en la educación.
Los miembros del “grupo cultural” suelen estar juntos, convivir en un lugar. Sin embargo, eso no es -aunque parezca absurdo- indispensable. A veces los miembros del grupo, si están unidos por un interés suficientemente fuerte, pueden estar separados en el espacio, y se comunican por carta (como Newton y Leibnitz, como los matemáticos europeos del siglo XVIII). A veces, en las actividades verdaderamente creativas, los miembros del grupo “de amistad” pueden estar separados incluso en el tiempo, y convivir en un libro. Si llegué a ver más lejos que otros, dice Newton, es porque me encaramé en los hombros de unos gigantes. Y mientras García Márquez escribe Cien años de soledad, Cervantes y Faulkner escriben con él.
En la realidad cultural, el individuo no existe. Como dijo el poeta John Donne, “ningún hombre es una isla”.

En el sistema tradicional, los colegios y los profesores toman todas las decisiones por los alumnos: calendarios, horarios, qué se estudia, cuándo se estudia, de qué manera se estudia, en qué fechas hay exámenes, etc. Es muy difícil ser autónomo y responsable cuando no se toman decisiones. Esos dos aspectos, esos dos valores, están intrínsecamente ligados a la toma de decisiones. En nuestro sistema, el estudiante, desde el comienzo, toma decisiones: ¿Qué materias voy a escoger para comenzar? Cuando termine x materia, ¿cuál abriré? ¿Cómo voy a distribuir mi tiempo en la semana? ¿Cuál va a ser mi objetivo mensual y el plan para cumplirlo? Tomar este tipo de decisiones y enfrentarse a sus consecuencias, llevan a los estudiantes a tomar las riendas de su vida. Algunos lo hacen inmediatamente, a otros les cuesta más. Pero de algo estamos seguros: mientras más temprano se enfrente al estudiante a este tipo de situaciones, más rápido podrá lograr ser autónomo y responsable. Pensar que eso lo logrará solo cuando esté adulto o maduro es un error, pues eso no es algo que se logra solo con el paso de los años; se logra con enfrentarse con una realidad y ser capaz de responder a ella. No es verdad que todos lo logran cuando llegan a la Universidad, a la fuerza: una gran cantidad de estudiantes universitarios tiene que abandonar su carrera por no ser capaz de asumir lo que les corresponde.
Todos nuestros estudiantes que no empiezan desde el primer grado con nosotros, llegan del sistema tradicional; por lo tanto, muy mal entrenados en autonomía y responsabilidad. Si solo recibiéramos personas responsables y autónomas nunca hubiéramos cumplido 25 años de existencia. Lograr incorporar estos dos valores es un proceso. ¡Pero vaya si vale la pena permitirles a los niños y jóvenes la posibilidad de meterse en él.